En los bosques del norte, antes de que el cristianismo robara la noche, los herreros vikingos creaban un símbolo: el Trollkors.
No era arte. Era defensa. Forjado en hierro curvado, este amuleto se usaba colgado del cuello o sobre el pecho, para desviar las intenciones maliciosas, los encantamientos, los trolls del folclore y los espíritus de los muertos sin tumba. Era una declaración: “Este cuerpo está protegido”.
El Trollkors no venía de dioses. Venía del miedo… y de la necesidad de dominarlo. Era el lenguaje secreto entre guerreros, sabios y campesinos: una marca para quienes sabían que el mal existe, pero que también puede sangrar.
Este colgante es fiel a esa intención. Cada curva es cerrada a martillo, como se hacía en las forjas del siglo XIII.