En lo más profundo de las raíces de Yggdrasil, el árbol del mundo, habita NíðhöggR: el dragón eterno, devorador de los caídos sin honor, los débiles de voluntad y los que traicionaron su esencia.
Pero este no es un monstruo. Es un guardián del equilibrio. En la antigua creencia, cuando un guerrero tocaba fondo, no pedía ayuda: descendía hasta NíðhöggR, y si sobrevivía al encuentro, regresaba más fuerte… o no regresaba.
Este brazalete es un eco de esos rituales. Los clanes lo usaban como juramento: un pacto sagrado no con los dioses, sino con su propia determinación. Llevaba el nombre de quien lo portaba. Y si rompía su palabra, el dragón lo encontraba incluso en la otra vida.
Es una sentencia: "Lo que fui, ya no me sirve. Lo que soy, lo forjo a fuego y acero".